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  • Posted on:  Miércoles, 01 Marzo 2017 18:57
  • Escrito por  Irene García Rodríguez

Hace ya unos cuantos años tuve la oportunidad de atender en mi consulta privada a un joven cuyo caso, no siendo muy complejo, me resultó particularmente ilustrativo sobre algunas situaciones relativamente frecuentes en las familias. Hoy lo recordé cuando me propuse escribir este artículo y me pareció pertinente comentarlo como un ejemplo que en alguna medida se adecúa al objetivo del mismo.

Este muchacho solicitó de mí una evaluación psicológica de tipo vocacional. Tenía unos 22 años y, después de haber concluido exitosamente su educación media, había cumplido un itinerario de consecutivos ingresos y abandonos en tres carreras universitarias. La primera de ellas había sido Medicina y las otras dos, si mal no recuerdo, Química y Biología.

Durante la entrevista pude enterarme rápidamente del rumbo de sus intereses: era un asiduo lector de diversos géneros literarios; también le gustaba escribir y desde niño había sido un colaborador regular del periódico de su escuela; participaba también en un grupo de teatro juvenil y disfrutaba mucho del cine, la música y las artes plásticas, asistiendo cada vez que podía a conciertos y exposiciones. Aunque había sido un estudiante de muy buen nivel en todas las áreas académicas, sus asignaturas preferidas durante el bachillerato habían sido, entre otras, literatura, historia y educación artística.

Obviamente después de esto tuve que hacerle una pregunta inevitable: “¿por qué tú, que conoces tan bien lo que te gusta hacer en la vida, escogiste unas carreras que no tienen nada que ver con ello?”…a lo cual respondió él: “por eso estoy aquí…es que yo necesito algo así como un documento que mostrarle a mis padres…ellos son médicos y piensan que ninguna profesión que no sea científica es aceptable…”.

Algo así como: “necesito un documento que les diga que yo… soy yo”.

Lamentablemente, no son pocas las ocasiones en las cuales la dinámica familiar  restringe de manera importante las opciones que alguno o algunos de sus participantes deben tener a su alcance cuando se trata de sus elecciones personales. Y lo que es aún peor: la mayor parte de las veces los afectados por esas restricciones arbitrarias, generalmente los hijos,  no son tan conscientes de sus limitaciones como sí lo era el consultante al que aludí anteriormente. Esto se debe a que generalmente no son impuestas a través de una comunicación clara y directa sino principalmente por medio de mensajes no verbales que, a través de las interacciones del grupo, van proyectando sobre ellos diverso tipo de contenidos.

Una de las principales manifestaciones de esta funcionalidad familiar que puede tender a sacrificar prejuiciosamente la expresión de los potenciales individuales fue la que orientó durante siglos, y en alguna medida continúa haciéndolo, la formación de las mujeres y los hombres que dentro de esos grupos se formaron. Pocas preocupaciones parentales han sido tan profundas como la que tenía que ver con que tanto ellas como ellos se convirtieran en personas “como debían ser”, en el sentido de comportarse e inclusive pensar y sentir de la manera como señalaban los estereotipos que se atribuyeron abusivamente a los seres humanos de uno u otro sexo biológico.

Un importante investigador y teórico de la psicología contemporánea ha hablado del “etiquetado de género” que acompaña al individuo toda su vida y que se inicia en la subjetividad parental mucho antes del parto o de la misma gestación. Este proceso, que más que orientar habría  tradicionalmente forzado el camino hacia la adquisición del rol de género, se manifestaría desde temprano conspirativa y masivamente a través de mensajes que procuran la incorporación a la identidad de los colores azul o rosa y de otros símbolos que representados en los juguetes, decoración de habitación, etc., concordarían con lo indicado, según los estereotipos de género, para los bebés de cada sexo 

Pero no siempre esta tendencia a manipular las elecciones vitales de los hijos se relaciona con creencias ampliamente difundidas en la cultura que han llegado a ser percibidas como naturales por todos los que las comparten, tal y como ha ocurrido con los asuntos del género. También encontramos  con frecuencia cómo aquéllos son objeto de la proyección, a través de la interacción familiar, de deseos, aspiraciones, preocupaciones o temores particulares que muestran una fuerte presencia en uno o los dos miembros de la pareja parental. La movilización poco discriminada de estas proyecciones se facilita en aquellas familias en las que déficits estructurales, con precaria definición de los roles y de sus funciones, ofrecen un contexto ambiguo a la interacción.

Algunos casos resultan fácilmente detectables porque sugieren de modo bastante abierto la instrumentación de alguno de los hijos con el fin de satisfacer aspiraciones parentales. Ejemplo de ello son algunas de aquéllas situaciones en que padres que dicen tener hijos con buenas condiciones para la actuación o el deporte se involucran en una cruzada personal dirigida a la consecución del estrellato de sus vástagos, frecuentemente con algún o mucho sacrificio de las actividades escolares y recreativas de estos últimos.

Pero no son pocas las ocasiones en las cuales la proyección de las carencias o expectativas parentales se orienta a través de la comunicación familiar de una manera menos evidente y busca, manipulando diversas emociones de los hijos, suscitar en éstos actitudes y conductas que en alguna medida satisfacen   dichas necesidades.

En la consulta clínica individual o de pareja las personas a veces reconocen en su propio comportamiento individual o conyugal verdaderos guiones para la vida que han seguido de manera automática y que aún después de detectados resulta muy difícil desprenderse de ellos, aunque no puedan comprender por qué y aunque los consideren responsables de mucho malestar. La exploración revela con frecuencia el sentido de tales mandatos en la naturaleza de unas relaciones familiares que tempranamente, o bien obviaron las necesidades tempranas de dependencia y protección y condicionaron la aprobación y el afecto al cumplimiento de expectativas desproporcionadas, o bien en función de compensaciones similares de algún modo exigieron el mantenimiento de una funcionalidad dependiente, satelital al grupo o a una parte del mismo.

En otras palabras, con diferentes grados de intencionalidad consciente, a veces por adhesión a creencias erróneas difundidas en la cultura y en la sociedad, otras veces impulsada por carencias o expectativas propias de otros miembros del grupo, la carga abusiva de la vida emocional de los hijos con temores, sentimientos de déficit, ambiciones y otros imperativos que no son suyos puede convertir en un ámbito de alto riesgo al sistema familiar, el cual por otra parte continúa siendo considerado el entorno potencialmente más propicio para la formación de individuos física y psicológicamente sanos.

Como tampoco podemos olvidar que algo de cierto hay en aquéllo de que “nadie nos enseñó a ser padres” y también en que muchas veces la transgresión abusiva de los límites de la parentalidad se esconde tras un argumento de responsabilidad que logra  engañar a muchos, quedan como recomendaciones  la búsqueda de información o de ayuda profesional para los que puedan estar preguntándose cómo reconocer en qué punto la labor formativa se excede.

Irene García Rodríguez

Psicóloga, Terapeuta Individual de parejas y familia.

Especialista en violencia Intrafamiliar.

Centro Vida y Familia Ana Simó

Imagen tomada de: peru21.pe

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