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“Siento que ya no tengo vida. No tengo tiempo para mí. Cuidar a mi madre enferma de Alzheimer supone estar pendiente de ella las 24 horas. No puedo salir con mis amigas, ni dar un paseo, y apenas puedo dedicarle tiempo a mis hijos”.

Pensamientos que perturban mi bienestar

Todos tenemos pensamientos acerca de nosotros mismos y sobre todo lo que nos rodea, estos pensamientos aparecen a partir de las conclusiones que hacemos de las situaciones cotidianas. En un gran porcentaje de ocasiones, este tipo de pensamientos hace que suframos de una manera innecesaria, ya que los acontecimientos en sí mismos no son los que desencadenan nuestras emociones sino la interpretación que hacemos sobre ellos. Es decir, cómo los percibimos y de qué modo los interpretamos.

Las emociones las sentimos, están ahí desde que nacemos y no podemos evitarlas, podemos no expresarlas, ocultarlas, pero no dejamos de sentirlas. Si nos fijamos bien, cada una de las situaciones que vivimos en nuestra vida nos hacen sentir  emociones y esto es un hecho inevitable.

Un buen padrastro… ¿Se improvisa?

El rol de padrastro puede incluir requerimientos y atribuciones muy diferentes en un caso u otro y el éxito sin duda dependerá en gran parte de la habilidad de quien lo desempeñe para integrarse a la dinámica de ese grupo familiar de una manera que llegue a ser satisfactoria tanto para sus propias expectativas como para las de la mujer a la que se une y su(s) hijo(s).

Cuando los hijos no cumplen las normas

Una de las mayores dificultades que madres y padres expresan al hablar de la crianza y la educación de sus hijos es la del cumplimiento de normas: “¿por qué mi hijo/a no me obedece?, ¿qué puedo hacer cuando se niega a hacer algo?”. Este tipo de situaciones son muy cotidianas en las familias y se repiten prácticamente a diario. La desesperación y la falta de control ante la situación hacen que a raíz de esto se desencadenen otros problemas en la relación entre progenitores e hijos, como puede ser la falta de respeto, la violencia o el sentimiento de incapacidad por parte de los adultos sobre cómo educar a sus propios hijos.